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Marruecos, el más cercano de los viajes lejanos

Por Sele

Cuando cierro los ojos y pienso en Marruecos se activan de repente los cinco sentidos, destacando al máximo el del olfato. La memoria de los olores suele ser una compañera eficaz a la hora de resucitar vivencias y sensaciones. De repente entran a la palestra multitud de aromas sencillos de reconocer y diseccionar. Como el de las hojas de menta sumergidas en el fondo de una tetera color plata o el de una tienda de pieles recién curtidas en el zoco. Podría recorrer ahora mismo con la mente el laberinto de la medina de Fez y perderme en sus recodos parándome a escuchar la llamada a la oración junto a la tumba de un antiguo rey. Dejarme llevar por el espectáculo diario de la Plaza Jma el-Fna de Marrakech o destapar un suculento tajín asomado a una de las calles azules de la vieja Chaouen. Ya estaría listo para dar un salto al Rif y al Atlas cambiando el rumbo y verme surcando los caminos polvorientos de la ruta de las kasbahs hasta arribar al mar de dunas del desierto de Merzouga y esperar a ver cómo las estrellas brillan más que en cualquier lugar.

Meknès (Marruecos)

Marruecos está tan cerca, pero resulta tan remoto a la vez… De hecho siempre lo he considerado entre mis destinos predilectos porque me aporta la manera más próxima de viajar muy lejos. Y soñar, soñar bien alto. Porque, aunque no lo parezca, al otro lado del estrecho está aún todo por hacer. 

Viajar a Marruecos, la exaltación de los sentidos

He viajado en incontables ocasiones a Marruecos. De hecho fue allí, hace algo más de una década, donde llevé a cabo mi primer e improvisado viaje en solitario. Lo recuerdo perfectamente. Eran navidades. Una furgoneta pequeña me esperaba en Ouarzazate, al otro lado de un Atlas completamente cubierto de nieve. Y desde allí jugué a sumar nuevas cantidades al cuentakilómetros deteniéndome en todo lo que me llamaba la atención, que no era poco. Como las kasbahs, los pueblos de adobe en mitad de la nada o esa gran cantidad de palmerales que sofocaban con sus hojas verdes un recipiente árido y rocoso. El polvo del camino fue mi compañero, el que cada vez me iba indicando con precisión la cercanía del desierto. Primero de piedras (lo que en el Magreb se conoce como hammada) para, al final, como premio, caminar por una sucesión inagotable de dunas que cambiaban de tonalidad con cada paso que daba.

Desierto de dunas de Merzouga en Marruecos

A partir de entonces fueron muchas más las ocasiones en las que este país me vino a llamar a la puerta. Y poco a poco descubrí lo mucho que hay que ver en Marruecos. Que si las ciudades imperiales, los pueblos blancos golpeados por la furia del Atlántico, los alminares almohades hermanados con la Giralda de Sevilla (Koutoubia de Marrakech y Torre inacabada de Hassan en Rabat), auténticas gargantas de piedra y desfiladeros sostenidos por los caprichos de la erosión.

Palmeral en Marruecos

Un país con múltiples conexiones aéreas

Es realmente fácil dar un salto a Marruecos, bien de pocos días para saborear alguna ciudad en concreto o para viajar durante un período más largo y hacer, por ejemplo, la ruta de las kasbahs y dejar tus huellas en un extenso desierto de arena. Desde España, por ejemplo, hay frecuentes conexiones con el país vecino. Basta ver el ejemplo de los vuelos programados por Vueling, que partiendo de Barcelona llega a ciudades como Marrakech (7 frecuencias semanales, desde Málaga 2), Casablanca (2 frecuencias semanales), Fez (1 frecuencia semanal), Nador (1 frecuencia semanal) o Tánger (8 frecuencias semanales). Un viaje de poco más de una hora que aminora, y mucho, la larga travesía en coche y la necesidad de cruzar el Estrecho en barco. Aunque todo tiene su punto, por supuesto.

 

Imagen de Marrakech

Ciudades que recuerdan a los cuentos de las mil y una noches

Un buen punto de partida para conocer Marruecos es lo que ofrecen las conocidas como ciudades imperiales. Auténticos retales laberínticos que representan la grandeza de un reino con una larga historia acumulada. Esta amalgama de urbes únicas está compuesta cuarteto primoroso que coincide en la posibilidad de perderse en el frenesí de medinas amuralladas que parecen hormigueros, en sus ajetreados zocos, sus edificios palaciegos y sus faros de religión resonando bien alto. Pero, en realidad, son cuatro ciudades diversas, cargadas de matices que las diferencian y las hacen únicas. MarrakechFez, Meknés y Rabat. Protagonistas de una película aún mejor de la que montarías en tu cabeza bajo la más exigente dirección.

Puerta de entrada a la kasbah de Rabat (Marruecos)

La más adorable peculiaridad de Marrakech sería su gran plaza, Jma el-Fna, donde lo que sucede allí ya fue declarado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Porque hay cosas que no dependen tan sólo de conceptos arquitectónicos o históricos sino de lo que se conoce como paisaje humano, de la tradición que se convierte en rutina (y también en un poco de improvisación) en una plaza que cambia su fisionomía al igual que lo hacen las manecillas del reloj. Quien conoce este lugar, el corazón de una ciudad interesantísima en la que no dejan de suceder cosas, lo sabe.

Plaza Jemaa el Fna de Marrakech (Marruecos)

Pero Marrakech va más allá de su plaza. Los palacios imperiales y jardines, los vericuetos de su zoco, ese aroma que desprenden las cocinas. Y además no deja de presentar novedades, ya que muy pronto inaugurará en plena medina un espacio de más de 5000 metros cuadrados para albergar el Gran Museo de arte culinario marroquí. Tendrá lugar en un viejo palacio a pocos pasos del de Bahia donde explicará de forma innovadora lo mejor de la cocina de Marruecos así como las influencias aportadas por pueblos como el bereber, el árabe-andalusí e incluso el judío.

Museo de Artes Culinarias de Marruecos

Fez destacaría como la poseedora de un laberinto imposible de imaginar. Un sinfín de callejas que se fusionan con cierta anarquía para conseguir que, si el viajero se pierde por ellas, resulte lo mejor que le pueda pasar. Porque hay lugares donde no importa desconocer el camino de retorno. Sobre todo cuando lo mejor del viaje es simple y llanamente la travesía entre dos puntos.

Fez (Marruecos)

Meknés sería algo así como la hermana pequeña de Fez. Y para muchos la más humilde. Aunque las paredes amarillas del mausoleo del Mulay Ismaíl o el detalle que se encuentra en la gran puerta llamada Bab el-Mansour indiquen absolutamente lo contrario.

Mausoleo de Mulay Idrís (Marruecos)

Por último Rabat, la capital discreta porque todo en realidad parece moverse en Casablanca, una total desconocida plagada de vestigios históricos como la Torre de Hassan o la romanizada Chellah cuyos torreones abandonados los ocupan hoy día cientos de cigüeñas.

Minarete inacabado de Rabat (Marruecos)

Muchos colocan de manera errónea a Casablanca como una de las ciudades imperiales, pero jamás lo fue. Su pequeña medina o los recuerdos que el Rick’s Café proporciona a quienes han visto mil veces las escenas de la cinta en blanco y negro protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, hace que no pase desapercibida. Pero si hay que escoger un lugar en esta ciudad es, sin duda, la Mezquita de Hassan II, una de las mejores joyas arquitectónicas que el siglo XX hizo surgir en suelo marroquí como un compendio de las artes al servicio del Islam en el país alauita. Este edificio, por sí solo, sí que se podría tildar de imperial.

Mezquita de Hassan II en Casablanca (Marruecos)

Tampoco estarían dentro de la ruta de las ciudades imperiales, pero sí en cualquier ruta cabal que se precie a tierras marroquíes, tanto Essaouira como Asilah o Chaouen. Virtuosismo teñido de blanco en las dos primeras, perfumadas con el oleaje del Atlántico y el motín de los pescadores en el puerto. Y el reino del color azul en la última, Chaouen, un delicioso recodo de la cordillera del Rif en la que hasta el peor fotógrafo es capaz de retratar el cielo más puro en cada una de sus calles.

Chaouen (Marruecos)

El largo camino al desierto

Pero viajar a Marruecos no consiste únicamente en visitar ciudades. Marruecos, en realidad, es todo un brindis a las grandes aventuras en las que poder surcar paisajes diversos. Aunque en mi caso debo reconocer que soy devoto confeso de las que tienen como principio el Atlas y de fin al desierto. De Ouarzazate a Merzouga. O, de admirar el Jebel Toubkal y sus 4167 metros en los Pirineos norteafricanos, para dar un salto entre kasbahs, míticas alcazabas que representan la profundidad histórica de un país, para arribar a la versión más idílica del desierto en Merzouga.

Kasbah en Marruecos

Hay tantas kasbahs que incluso existe una ruta por estas ciudadelas fortificadas. Ait Ben Haddou es, de seguro, la más conocida y espectacular. Pero son muchas más las que merecen la pena. Taourit en la propia Ouarzazate, Tamnougalt próxima a Agdz, Telouet o las que se pueden admirar en el inmenso palmeral de Skoura son sólo algunas de una colección digna, pero imposible, de completar.

Kasbah de Ait Ben Haddou en Marruecos

Para alcanzar kasbahs y ksour (pueblos fortificados) resulta necesario adentrarse en roquedos, acantilados y valles pedregosos moldeados por la erosión y, sobre todo, largos periodos geológicos. Aunque, por fortuna, muchos de ellos bien accesibles a las dos o las cuatro ruedas. Y, por supuesto, al caminar lento, del que es fácil interrumpir con una taza de té y una conversación espontánea.

Paisaje en Marruecos

Todo para llegar al sitio en que posar los pies sobre la arena y permitir que éstos se hundan. Porque en las dunas sólo se halla el suelo firme sentándose en él, contemplando el horizonte, sintiendo una insignificancia tan certera y poco rebatible que resulta posible asimilar, aunque sea en parte, la grandiosidad de nuestro planeta. Merzouga es uno de esos sitios donde le encuentra el sentido a la suma de las cinco letras que componen la palabra VIAJE.

Sele en las dunas de Merzouga (Marruecos)

Todo eso en un país llamado Marruecos. Un país al que ir a perderse para seguir perdiéndose, pero de una manera mucho más divertida.

Muy útil: Web oficial de Turismo de Marruecos (en español): www.visitmorocco.com/es

Sele

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